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/ pp 208-219 / Año 13 Nº24 /
JULIO 2026 – NOVIEMBRE 2026
/ ISSN 2408-4573 / SECCIÓN GENERAL
concebida efectivamente como disciplina en la formación docente y cuáles son sus efectos pedagógicos. Sus hallazgos
sugieren que las prácticas filosóficas en la formación docente presentan características distintivas que las diferencian
de la enseñanza de la filosofía en otros contextos educativos.
Desde una perspectiva afín, el trabajo de Bussone (2024) en la provincia de La Rioja muestra cómo la incorporación de
la filosofía en la formación docente inicial no constituye un proceso neutro, sino que está atravesada por decisiones
curriculares que implican recortes culturales y políticos sobre qué saberes filosóficos se seleccionan, cuáles se excluyen
y con qué finalidades se los orienta. De este modo, la presencia de la disciplina en los planes de estudio revela disputas
más amplias en torno a la definición de los conocimientos considerados legítimos y formativos en la docencia. Por su
parte, Bedetti (2024) analiza los diseños curriculares de filosofía en profesorados de educación inicial y primaria de
distintas jurisdicciones del país, identificando variaciones significativas tanto en los contenidos priorizados como en las
denominaciones de las asignaturas y en las orientaciones didácticas que las acompañan. Tales variaciones muestran
que, lejos de constituir un espacio homogéneo, la filosofía en la formación docente se configura de manera diversa en
función de decisiones normativas, tradiciones institucionales y contextos territoriales específicos. Este antecedente
resulta especialmente relevante para el presente trabajo, que profundiza el análisis incorporando las representaciones
sociales del estudiantado como mediación entre los textos curriculares y su traducción en experiencias formativas.
El antecedente empírico más cercano a la presente investigación es mi tesis de maestría, presentada en 2021, centrada
en las representaciones sociales del estudiantado de profesorados de artes en General Pico acerca de la filosofía. La
investigación encontró que los/as estudiantes consideran a la filosofía como fundamental para su formación no sólo por
los procesos reflexivos que propicia, sino por su carácter emancipador y transformador, y que sus representaciones se
nutren significativamente de las prácticas pedagógicas promovidas en las aulas. Estos hallazgos evidenciaron la
necesidad de profundizar el análisis articulando las representaciones estudiantiles con los discursos curriculares
oficiales, ampliando tanto el marco teórico como el universo de instituciones y profesorados, lo que dio origen a la
investigación doctoral de la que este artículo forma parte.
2.3. El Ciclo de las Políticas como marco analítico
El análisis que se presenta adopta como marco teórico central la propuesta del Ciclo de las Políticas de Stephen Ball y
colaboradores (Bowe, Ball y Gold, 1992; Ball, 1994; Ball, Maguire y Braun, 2012). Esta perspectiva concibe las políticas
educativas como procesos dinámicos que transitan por distintos contextos –de influencia, de producción de textos, de
práctica y de efectos- y no como instrumentos lineales de implementación. Desde esta mirada, los documentos
normativos se interpretan como textos políticos que condensan discursos, intereses y negociaciones entre diferentes
actores.
Particularmente relevante resulta la distinción que Ball (2002) establece entre política como texto y política como
discurso. Las políticas como textos son representaciones codificadas de manera compleja, sujetas a la interpretación
de quienes las leen y aplican. Las políticas como discurso, en cambio, operan estableciendo límites a lo pensable y
decible en materia educativa, construyendo sujetos y posibilidades de acción. Esta doble condición –prescriptiva y
simbólica- produce lo que Ball (1994) denominaría hibridación discursiva, en la que coexisten la racionalidad técnica
del diseño curricular y las racionalidades críticas y contextuales de la práctica docente.
El concepto de puesta en acto (policy enactment) resulta central para comprender cómo las políticas se realizan en los
contextos institucionales concretos. Ball, Maguire y Braun (2012) subrayan que las políticas no son simplemente
implementadas, sino que son reescritas y recreadas dentro de las prácticas institucionales. En este proceso, los actores
–docentes, directivos, estudiantes- no son ejecutores pasivos de prescripciones, sino intérpretes activos que traducen
los textos normativos a partir de sus tradiciones, concepciones y condiciones de trabajo específicas. Esta perspectiva
dialoga directamente con los hallazgos de Morelli e Iturbe (2018) sobre hibridación jurisdiccional y con los aportes de
Lorenzatti et al. (2014) sobre la agencia de los sujetos en la resignificación de las políticas, evidenciando la productividad
de combinar el marco de Ball con estudios empíricos sobre formación docente en el contexto argentino.
Este marco se complementa con los aportes de las perspectivas antropológicas del Estado de Martínez Basallo (2013)
y Balbi (2010), quienes proponen comprender el Estado como prácticas, procesos y efectos, y como una arena de
regateo, cálculo y negociación entre actores diferencialmente situados. Desde este lugar, el aparato estatal se entiende