56
/ pp 55-69 / Año 13 Nº24 /
JULIO 2026 – NOVIEMBRE 2026
/ ISSN 2408-4573 / DOSSIER TEMÁTICO
Introducción
Las emociones son relaciones que se organizan según un contexto social e histórico particular y se interiorizan de forma
inconsciente, conformando un habitus (Kaplan, 2023). Eva Illouz (2010) argumenta que la afectividad es “el eslabón
que conecta a la estructura con la agencia personal” (p.23). Bajo esta perspectiva las emociones comprenden una
dimensión estructurante de la vida social y, en particular, de las experiencias escolares. Acceder a ellas a través del
discurso es una posibilidad para aproximarnos a las formas en las que las y los estudiantes significan el mundo desde
su condición etaria, de género y de clase. Como advierte Norbert Elias (1998), lo social se inscribe en el orden de lo
sensible, de modo que comprender el mundo subjetivo es, al mismo tiempo, una forma de comprender el orden social.
Desde una perspectiva epistemológica relacional y de largo plazo sostenemos que la estructura afectiva no es una
formación dada, sino que es el resultado de procesos de transformación cultural y de interacción cotidiana. Así, las
disposiciones para sentir son aprendidas y estructuran un
habitus emotivo
(Kaplan, 2023). Para Illouz (2010), dicho
habitus se construye y opera en función de las posiciones sociales que los sujetos ocupan en el entramado estructural.
El habitus emocional se encuentra en la intersección entre tres dominios de la experiencia social: la
interaccional, la corporal y la lingüística. El habitus emocional conforma los modos en como las propias
emociones son expresadas corporal y verbalmente y utilizadas a su vez para negociar en interacciones
sociales (Illouz, 2010, p.272)
Abordar la afectividad como un dato de la cultura supone considerar los vínculos sociales y la historia de los sujetos (Le
Breton, 1999). La subjetividad estudiantil se ancla en la materialidad de la escuela y en los lazos que se entraman en
su interior. Es decir, “los mecanismos objetivos de eliminación y de orientación se entrelazan con las disposiciones
subjetivas que enmarcan el campo de los posibles” (Kaplan, 2023, p.139).
En la célebre obra
La vida en las aulas
(1992), Philip Jackson dedica un capítulo al análisis de los sentimientos de las y
los estudiantes en el cotidiano escolar. Argumenta que el entramado de las experiencias está constituido por placeres,
sinsabores y ambivalencias afectivas. Basta con recurrir a nuestra memoria escolar para encontrar momentos de júbilo
y de honduras de la desesperación (Jackson, 1992). Nadie puede volver sobre los recuerdos en la escuela y afirmar que
fuesen completamente malos o felices. Dicotomizar las experiencias afectivas nos lleva a perder de vista los matices
inherentes a su complejidad.
La escuela es una institución compleja y los alumnos son seres complejos. Con seguridad no todos los
chicos que se manifiestan “a favor” de la escuela lo están inequívocamente, ni tampoco todos los
estudiantes cuya respuesta se coloca en la columna del “no” en un sondeo de opiniones están hartos de
todo lo que sea educativo. Para entender más plenamente la información proporcionada por esta burda
clasificación de los estudiantes debemos llegar a una consideración de la variabilidad que probablemente
existe en ambas bandas de la dicotomía me gusta-no me gusta. En otras palabras, tenemos que añadir
matices de grises a la imagen en blanco y negro (Jackson, 1992, p.94).
A las y los estudiantes les suele agradar algunos aspectos de la vida en la escuela y les desagradan otros. Sus
experiencias escolares están marcadas por una “combinación de sentimientos”, una ambivalencia afectiva constante
e inevitable frente a la falta de correspondencia entre los deseos, necesidades, demandas y expectativas personales y
de la institución escolar. Esto significa, “que a veces querrá realizar las tareas que se le asignan y en otras ocasiones
no. En la condición primera experimentará un cierto grado de placer y, en la otra, de malestar” (Jackson, 1992, p.100).
Nos distanciamos de los binarismos y jerarquizaciones emocionales que remiten a lo positivo y lo negativo, a lo bueno
y lo malo. Sostenemos que en los vínculos de intersubjetividad se construyen redes afectivas integradas por
sentimientos contradictorios que coexisten y se movilizan en el devenir de la sociodinámica de los vínculos (Kaplan,
2022). Posicionarnos desde la noción de red, trama o tejido para comprender las emociones estudiantiles posibilita
interpretar, reconocer y validar qué y cómo se sienten las y los estudiantes en su experiencia escolar.
Para Dubet y Martuccelli (1998), “las experiencias escolares se construyen como en la vertiente subjetiva del sistema
escolar” (p.14). Esto significa que la escuela opera más allá del currículum formal y de las normas explícitas, y que
además produce en las y los estudiantes formas de subjetivación a través de la estructuración de lazos afectivos. Son
ellos y ellas quienes “fabrican” sus experiencias a través de los vínculos con sus pares y otros actores de la escuela,
elaboran estrategias no solo para adaptarse, sino también para resistir al sistema educativo, constituyéndose así en